El paisaje de Bretaña es uno de mis paisajes del alma, como lo son las soledades de Castilla la Vieja o la luz del Mediterráneo. Paisaje del alma es para mí aquel en el que nos proyectamos, con el que nos sentidos identificados, aquel en el que el cambio de las estaciones, del cielo, de los árboles refleja nuestros propios cambios y nuestros días.
O como dicen las agencias de turismo francesas, de manera más prosaica: la Bretagne, ça vous gagne!
Antes de la conquista romana de la Galia, el territorio de la Bretaña histórica formaba parte de la región conocida como Armórica, habitada desde siglos atrás por diferentes pueblos celtas.
En Bretaña, los menhires son sin duda los recuerdos más reconocibles y abundantes del paso de los celtas por Bretaña, ¡es inevitable toparse con ellos en muchos de los pueblos o recorridos por la región!
Así me ocurrió durante una solitaria jornada de senderismo, en lo que en el mapa aparece marcado como el antiguo territorio de los Redones, no muy lejos de Rennes.
En el medio de un prado me encontré dos menhires, uno junto a otro, casi desapercibidos. Hundí mis pasos en la hierba y en la tierra húmedas para alcanzar y tocar la roca fría. No pude evitar pensar en los hombres que los pusieron allí, en el viento y la lluvia que los han cincelado durante siglos.

Encallados
en un mar de hierba,
los dos menhires.
Junto al menhir,
mis botas embarradas
se van hundiendo.
Pasan las nubes
sobre las piedras grises.
Frío en la espalda.
Piedras olvidadas,
sólo malas hierbas
crecen a sus pies.
El día era desapacible. Un viento frío me hizo sentir incómodo, y reanudé mi marcha, para no molestar más a estos silenciosos guardianes.

